gorecky (gorecky22) wrote in 20thcenturytoys,
gorecky
gorecky22
20thcenturytoys

  • Music:

Primavera Sound 2005, viernes 27 - “I hope there’s someone who takes care of my when I die…”


NACHO VEGAS – “Es hora de recapitular las hostias que me ha dado el mundo”

Nacho Vegas inauguraba el Auditori con el público metido en el bolsillo de su americana. De principio a fin su concierto se vio engalanado por un respeto general que proporcionaba a sus canciones un silencio sepulcral por el que propagarse como un virus infeccioso. Un virus que todos acogimos con el mayor de los placeres, tal y como certificaban las continuas ovaciones al principio y al final de cada canción.

Vegas sacó el máximo partido a su último álbum, “Desaparezca aquí”, construyendo los puntos álgidos del concierto en base a las monumentales canciones en él registradas: “Cerca del cielo”, “El hombre que casi conoció a Michi Panero” y, por encima de un repertorio de altura, “Ocho y medio”. Se echó en falta una mayor atención al también inmenso “Actos inexplicables” (en especial “El ángel Simón”, canción que hubiera llevado a las lágrimas a medio Auditori), aunque es innegable el acierto de Vegas a la hora de seleccionar un repertorio sin fisuras, con los puntos álgidos perfectamente elegidos para arrancar al público gemidos de placentero dolor.

Las letras de Nacho Vegas duelen. Y él lo sabe. Por eso se recrea en el inicio de cada canción. Por eso lleva a sus músicos hasta el límite, dejando constancia de que sus melodías puede hacer tanto daño como su voz desgarrada. Es precisamente esa voz la que lo sigue haciendo único encima de un escenario: cuando canta no tiene ningún miedo ni ningún pudor en quebrarla de forma lastimosa… y, cuando no canta, parece recrearse en su papel de bohemio terminal, arrastrando las frases, convirtiéndolas en un gemido, haciendo gala de un excepcional talento onírico. Sus peroratas grandilocuentes no tenían desperdicio, especialmente aquella que abrió “Ocho y medio” explicando que era una canción dedicada a una mujer que conoció una vez: una mujer aficionada a las piernas ortopédicas. Una mujer tan obsesionada que se cortó una pierna para probarse su ortopedia favorita. Según Nacho Vegas, en aquella pierna escribió la maravillosa letra de “Ocho y medio”. Según el público, ¿qué más da? Mientras siga regalándonos conciertos tan intensos que escriba donde quiera.



ANTONY & THE JOHNSONS – “I fell in love with a beautiful boy”

Si alguien tiene la entrada del festival y no acudió al concierto de Antony & The Johnsons ha de saber que tiró el dinero por ese trozo de papel. La belleza que Antony desplegó en el Auditori el viernes por la tarde no podrá ser descrito nunca a aquellos infieles que no se congregaron para rendirle culto. Estas afirmaciones mesiánicas pueden parecer excesivas, pero cualquiera que estuviera entre el afortunado público aquella tarde podrá constatar que incluso se quedan cortas.

Para empezar, trajo consigo a un set de lujo: esos Johnsons (al parecer una formación ficticia y algo mutante) compuestos por un bajo, una guitarra española, diversos violines y un violoncelo. La guinda la ponía el propio Antony al piano. Si algo se puede afirmar de este grupo, además de lo translúcido y angelical de su sonido, es la devoción por su frontman: los Johnsons no dejaban de buscar la referencia en Antony y, en los momentos en los que no habían de atender a sus instrumentos, no dudaban en mirar embobados al cantante, asemejándose así a la totalidad de público asistente. Esta limpieza de sonido se veía engalanada por la voz sin mácula del cantante, por mucho que intentara quitarse importancia afirmando que su voz estaba en horas bajas.

Pero esos no son los únicos motivos para adorar a Antony. He visto a muchos showmans intentar que sus conciertos fueran un espectáculo por todo lo alto, y sin embargo el que se lleva la palma ha sido Antony. Durante todo el concierto hizo gala de un temple nervioso, vergonzoso e inocente; pero, sobre todo, divertido (memorable su chascarrillo “en honor” a Mariah Carey). Y, lo que es mejor, con el mínimo esfuerzo: con su bonhomía y desafectación. El punto álgido de este espectáculo fue cuando, con su frágil amaneramiento, el cantante pidió al público que silvara como si fueran pájaros. Pese al esfuerzo general (con algún que otro búho de pedigrí), parecía un ejercicio excesivo, así que Antony rebajó un poco el nivel y simplemente pidió que el Auditori en pleno profiriera un leve gemido continuo. Las características de la sala amplificaron el zumbido general, helando la sangre de aquellos que estábamos contribuyendo al momento inolvidable. Para rematar la faena, Antony se elevó por encima de aquel sonido para cantar a capella. En una palabra: escalofriante.

Ese no fue el único momento del concierto en el que se podía sentir la grandeza volando sobre el Auditori. Cuando Antony dio por finalizado el concierto, recogió su bolso del suelo, y salió del escenario, dudo que imaginara lo iba a ocurrir: no sólo hubo ovación final con la gente en pie, sino que las personas que hasta aquel momento habían ocupado los asientos de filas superiores empezaron a bajar a pie de escenario, hasta que casi la totalidad del público se concentró allí aplaudiendo y pidiendo un bis. Con sus maneras desafectadas, Antony volvió al escenario (de vuelta con su bolso) y nos regaló la perla final: una maravillosa versión del “Candy says” de su amigo Lou Reed.

Y si hasta este punto del comentario no he mencionado ninguna canción es porque se da por supuesto que el repertorio fue simplemente impecable. Pese a que lo flojo de las dos primeras canciones hiciera presagiar lo peor (una pena que esa apatía inicial afectara a una de las canciones más interesantes de su primer álbum: “Cripple and the starfish”), Antony no tardó en remontar con una versión de “The Lake” a la que se le añadió un dramático final que llevó a las lágrimas a la mitad del público de forma traicionera: nadie esperaba aquello. Pero aquello sólo era el principio: a partir de aquel momento se sucedían los himnos, muchas veces enlazados (“For today I’m a child” y “Man is the baby”: tanta emoción seguido no dejaba respirar). Pero, sin duda, el mayor acierto de aquella selección fue el encadenamiento final (antes del bis) de “I fell in love with a dead boy” con la impresionante “Hope there’s someone”. Todos sabíamos que el final de esta última canción es un crecendo dramático sublime. Lo sabíamos… y aun así dolió hasta las lágrimas. Ojalá todos los dolores fueran tan dulces.



MICAH P. HINSON – “I’m packing all my nightmares and I’ll be on my way”

Pero no todo podían ser sorpresas tan agradables como las de Antony. Micah P. Hinson había entregado un álbum que puso patas arriba a la crítica: muchos elogios se han vertido al respecto de “Micah P. Hinson & The Gospel of Progress”, normalmente acompañados de comentarios sorprendidos por la escasa edad del chaval que firmaba un trabajo tan emocionalmente intenso. Pues bien, sobre el escenario Micah P. Hinson se comporto acorde con los veintipocos que se le presuponen, con todo lo negativo del cliché de post-adolescente aporreando una guitarra.

Hinson optó por un set de guitarra, bajo y batería, quién sabe si por gusto propio o por exigencias de presupuesto. Lo que quedó claro desde el principio fue que aquellos parcos instrumentos serían incapaces de transmitir las sutilezas melódicas del folk-rock de raices americanes que tan al límite lleva en su álbum. No se puede negar que el sonido era correcto, limpio, pero dejar que los riffs histéricos de guitarra engullan las delicadas composiciones no resultó ser la mejor idea.

Sin embargo, todo podía ser peor. Si encorsetado en un estudio Hinson hace gala de una voz quejumbrosa y quebrada, sobre el escenario se convirtió en una mezcla entre la niña de “El Exorcista” y el cantante de Slipknot: el trémulo al que nos había acostumbrado acababa por convertirse en un irritante grito histérico que restaba emotividad a las composiciones. Este desacierto no sólo conducía al desencanto del público, sino que acabó convirtiendo el concierto en una broma, en un espectáculo de dejadez que podría haber sido una de las grandes actuaciones del festival. Esperemos que la madurez ayude a Micah P. Hinson a aprender a trasladar sus bellas composiciones a lo alto de un escenario.



IGGY & THE STOOGES – “I’ve been dirt… and I don’t care”

Iggy es EL ESPECTÁCULO. Con mayúsculas. Y, sobre todo, con unas mayúsculas con la tipografía de la mayor calidad. Lo que tendrían que haberle proporcionado New Order al público se lo entregó Iggy y sus Stooges: se adelantaron a los de Manchester y se llevaron el gato al agua. Ante el escenario por el que corría hiperactivo Iggy, el gentío hacía gala de un arrebato casi etílico, hundidos por completo en las insanas atmósferas construídas por los Stooges y deconstruídas por la voz y los violentos movimientos de Iggy.

Con su melena rubia relamida pegada a los laterales de una cara de facciones imposibles, con su cuerpo fibrado desafiando a las leyes del envejecimiento, Iggy cautivó al publico mostrándose fuera de control: poco después de dar comienzo al espectáculo se encaramó a un altavoz para follárselo y, cuando la interacción con los limitados objetos del escenario agotó sus posibilidades, se volcó en el público. No sólo bajaba del escenario para entrar en contacto con las primeras filas, sino que finalmente obligó a seguridad a dejar subir al escenario a los fans fatales congregados que más cerca le quedaban. Juntos, convirtieron el final de “No fun” en una orgía de baile y voces desequilibradas (en todos los sentidos).

Y es que, por mucho que pudiera parecer que tanta locura tiene que aparecer en detrimento de la calidad sonora del evento, nada más lejos de la realidad. El sonido se mostró sin fisuras en cada segundo del espectáculo, brillando especialmente en la mencionada “No fun” y, sobre todo, en “Dirt” y en ese himno que es “I wanna be your dog”. No hay duda de que, mientras ocupó aquel escenario, Iggy nos convirtió en sus perros.



NEW ORDER – “Every time I think of you I get a shot right through into a bolt of blue”

Todo el mundo sabía que ante el concierto de New Order habían dos únicas opciones: o bien dejabas que la nostalgia prevaleciera sobre el espíritu crítico y disfrutabas o, por el contrario, te rendías ante la evidencia de que New Order nunca han sido un gran grupo (más bien un grupo de tres o cuatro hits localizados) y, hastiado por el aburrimiento o la irritación (depende de la canción), te dabas cuenta de la paradoja de ver a aquellos señores ya creciditos jugando a aparentar que siguen siendo grandes. Siento decir que no pude evitar estar en el segundo grupo.

El espectáculo se dividió en dos partes bien diferenciadas. El primer grupo de canciones revisaban un nuevo álbum más bien insulso y aburrido (vergonzoso en canciones como “Jetstream”, que en directo sonó horriblemente muerta y enlatada). A cada nueva canción se escuchaban comentarios entre el público reclamando lo que habían prometido: un pequeño viaje a viejas glorias no sólo del grupo encabezado por Bernard Sumner, sino también de Joy Division. Con cierto deje de desgana, Sumner anunció hacia la mitad del concierto que a partir de aquel momento comenzaba aquel ansiado viaje.

Una pena que también fuera un “mal viaje”. Las antiguas canciones sonaban impostadas, sin brío, cruelmente acuchilladas por una caja de ritmos demasiado actualizada y demasiado gustosa de un “chunda-chunda” más cercano al “bakalao” que al electro ochenteno. No supieron sacarle partido a sus hits: “Bizarre Love Triangle” tampoco se salvó de la quema, y las composiciones de Joy Division echaban demasiado de menos la voz de Ian Curtis. Con el más frío de los cálculos, New Order volvió a subir al escenario para darle al público lo que habían venido a escuchar: “Blue Monday” (donde hicieron un sentido tributo al ya mítico bootleg con Kylie). Sin embargo, ni eso consiguió levantar el ánimo de un concierto en el que la gente fue desertando poco a poco: si al principio el bullicio hacía imposible moverse, la huída en masa dejó amplios espacios en los que se podía saborear la decepción general.



WHITEY – “The Light at the end of the tunnel is a train”

Whitey puede enorgullecerse de haber protagonizado “el concierto fantasma” del festival. Cabe la posibilidad de que el espectáculo comenzara antes de la hora prevista, porque de otra forma no se explica que llegando al concierto a la hora en punto en la que el evento empezaba sólo se escucharan cuatro canciones. Lo más doloroso del caso es que, sólo con aquellas cuatro canciones, Whitey dejó entrever lo que hubiera sido uno de los conciertos más espeluznantemente vitales del festival.

Unos ritmos febrilmente enriquecidos con largos riffs de guitarras que no dejaban tiempo para respirar, melodías fácilmente bailables y terriblemente cautivadoras… tras un “subidón” en toda regla con ese mega-hit que es “Non-stop”, su salida del escenario para no volver nunca jamás sólo se puede catalogar con dos palabras de sabia raíz latina: “coitus interruptus”.



OPTIMO DJ’S – “¡Ay Carmela! Buena paliza les dio”

Tal y como mandan los cánones de cualquier festival, la noche ha de cerrarse por alguna sesión electrónica hiper-vitaminada. Vitaminas no les faltaron a Optimo. Tampoco les faltó una genial colección de canciones especialmente substraídas del cartel del Primaver Sound 2005. Una tras otra, con la aguja pinchando con la precisión de un cuchillo oriental, el público se desparramaba con canciones como “I wanna be your dog” (Iggy & The Stooges), “Blue Monday” (New Order) o, de nuevo, “My friend Dario” (Vitalic).

El lugar y el momento también ayudaron. El escenario Danzka se reveló como el más interesante para disfrutar, bailando sin parar, de un fresco amanecer. A unos escasos metros, el mar proporcionaba al ambiente un saneamiento general. La gente había invadido las gradas y, si el recinto del escenario Rockdelux se quedó grande para el público de Vitalic, en esta ocasión había la gente justa para disfrutar de un sano baile en el que se podía sentir la positividad de todos los que te rodeaban.

Ante la sorpresa de los asistentes, Optimo demostraron un gran sentido del humor, permitiendo que go-go’s (masculinos) ocasionales, graciosos y exhibicionistas desplegaran su espectáculo sobre el escenario. Y eso no es todo: cerraron la sesión con el “¡Ay Carmela!”, ese himno de la República Española que muchos desconocían pero que nos dejó a todos con una sonrisa de oreja a oreja. Una sonrisa que no se suele ver a las seis de la mañana.
  • Post a new comment

    Error

    default userpic
  • 2 comments